Invasión: El día que vi arder un ángel

Las bengalas que el ejército norteamericano lanzaba sobre Loma La Pava, iluminaban todo como si fuera un fogonazo atómico

El resplandor lácteo de una luz cegadora ajustició la noche, atravesó todas las paredes y me penetró la piel. Las bengalas que el ejército norteamericano lanzaba sobre Loma La Pava, iluminaban todo como si fuera un fogonazo atómico.

Era una de las madrugadas de esa larga noche que fueron las semanas de la invasión de Estados Unidos a Panamá. No pudiendo dormir, me asomé junto a mi hermano, al balcón para espiar a los soldados gringos. Desde allí se podía ver la intersección de la calle que sale de El Carmen y cruza la vía Transístmica hacia la R.J. Alfaro, cerca de la Loma donde ahora esta plaza Edison.

En el cruce un soldado con un altavoz gritaba a los escasos conductores, que tomaran hacia la R.J. Alfaro y no siguieran por la Transístmica hacia el tramo que lleva a la Universidad de Panamá y al Hospital de la Caja de Seguro Social (CSS). Al mismo tiempo un helicóptero y una especie de avioneta sobrevolaban el cerrito. Había un estruendo que taladraba la calma y la mesura. Se decía que batallones de la Dignidad, se habían escondido ahí.

En la esquina de El Carmen y la Transístmica estaba apoltronado un tanque de guerra con un largo cañón en reposo, pero alerta. En fila adelante y detrás del auto de guerra, decenas de soldados esperaban una señal para seguir andando. Tenían uniforme para la jungla en medio de la ciudad, y llevaban sobre los cascos curiosas ramitas verdes de árboles coníferos en pleno trópico.

 

Los soldados miraban hacia el fondo de la transístmica, al este. Desde allá venía a mucha velocidad un busito colegial amarillo. El militar con el altoparlante le indicaba que debía doblar, “dobla derecha, turn right” decía con marcado acento y voz nerviosa, indicando con su mano a la R.J Alfaro. Imaginé lo que podía ocurrir y desde el balcón grité, “él no te puede escuchar, he can’t hear you” . El ruido sobre el monte era demasiado fuerte y la distancia insuperable para advertirles.

El busito continuó a velocidad y se aproximaba a la intersección, el blindado de combate del ejército más poderoso del mundo, salió del vértice carretero, movió el cañón hacia el autobús y le disparó. El auto colegial quedó envuelto en una bola de fuego y dio vueltas pirueteando en la calle.

Los soldados se sentaron a la orilla de la autovía viéndolo arder. Podía ser porque aún centelleaba la bengala en mi pupila, pero veía el auto rodeado de un aura que se abría como alas incandescentes, mientras el bus se iba poniendo negro carbón. Los soldados se levantaron cuando se consumieron las llamas y el humo se dispersó.

 

Cuando los soldados marcharon al este con su tanque y el militar de la intersección dejó su puesto, mi hermano bajó a la calle para ver si se podía distinguir al conductor. Regresó sin sangre en el rostro, los ojos perdidos en la fosa oscura de sus cuencas y me dijo con una casi imperceptible voz, que creía haber visto tres o cuatro personas dentro del auto. Todo era una sola masa dentro, sillones personas, la carrocería.

Minutos después llegó un jeep del ejército americano hasta el busito abrasado. Un par de soldados sacaron varias bolsas negras provistas de un zipper largo, las abrieron y metieron dentro de ellas los cuerpos quemados. El jeep tomó hacia el oeste. En la casa quedó un olor a pólvora muy fuerte, así nos dimos cuenta que un fragmento del proyectil del tanque entró por la ventana.

Con una amiga decidí recorrer las calles. Fuimos de la Universidad de Panamá al Chorrillo y luego tomamos hacia el hospital militar de EE.UU el Gorgas en la Zona del Canal. Había visto subir hacia allá un tipo de jeep igual al que recogió los cadáveres del autobús colegial. Enfrente estaba la morgue donde eran depositadas bolsas negras que bajaban de los jeeps.

 

Pasada la invasión, mucha gente comenzó a decir que los cuerpos habían sido llevados detrás del cementerio Jardín de Paz. Llegamos a ver el lugar, los equipos pesados de excavación encontraron muchos cadáveres, todos metidos en las bolsas negras. En los sacos mortuorios había una etiqueta con los nombres del fallecido, algunos eran correctos, otros equivocados, así que los familiares iban reconociendo dentro de la bolsa algo: zapatillas, bluejeans, camisetas, un overall de trabajo, y con dolor tenían ya la certeza que a quien buscaban estaba muerto.

Hubo en la Facultad de Derecho de la UP un foro de familiares de desaparecidos. Algunos narraban que su pariente fue encontrado, pero otros decían que no, entre ellos un señor contó que era de la Gloria- Bethania, y que, en una de esas madrugadas de la invasión, le iba a nacer su nieto. Dijo que salieron dos hombres, un conductor y la joven embarazada a punto de dar a luz, en un busito colegial amarillo por la Transístmica rumbo al hospital de la CSS. Entre su casa y el centro médico, desaparecieron.

Me le acerqué y le conté lo que vimos mi hermano y yo, en la vigilia de las bengalas. La mirada se le perdió y el mundo se calcinó a su alrededor.

Todavía a veces de madrugada, un destello cegador irrumpe el espacio que habito, se escurre debajo de la piel y me despierta en ese balcón. Creo gritar para detener el cañón del tanque, pero a mi voz la engulle el ruido y la silencia, solo mascullo. Me desplomo sobre mis piernas, huele a pólvora, y junto a los soldados con ramitas de coníferas en sus cascos, me quedo viendo entumecida como arde el auto con sus pasajeros y un ángel dentro